martes, mayo 20, 2008
lunes, diciembre 31, 2007
Calambre
El sexo está todo en la cabeza. si lo miramos fríamente la parte física se limita a un calabre de un momento.
domingo, diciembre 23, 2007
-04- DESCUBIERTO
Uno puede recoger una lágrima con la punta de los dedos, puede lamerla con la más viciosa de las lenguas, o puede dejarla que siga su camino sin intervenir. Haga lo que haga, antes o después desaparecerá, se evaporará, se esfumará.
sábado, diciembre 22, 2007
Habían pasado dos meses desde su último pico. Él controlaba. Él no era un yonqui. Pero necesitaba despojarse de la mortaja que le ahogaba y que el subconsciente hiciera el trabajo sucio. Necesitaba sentir el escalofrío subirle por la vena. No podía fiarse de los demás, únicamente ese escalofrío parecía no abandonarle nunca.
Ese era su refugio cuando la vida se le escapaba de las manos.
Necesitaba un pico para quemar el exceso de energía, para calmarse, para sentirse normal, para sentirse como uno más, para callar esa voz que desde pequeño le decía que él era mucho más, que él era especial, alguien muy especial. Siempre lo había sido.
Ese era su refugio cuando la vida se le escapaba de las manos.
Necesitaba un pico para quemar el exceso de energía, para calmarse, para sentirse normal, para sentirse como uno más, para callar esa voz que desde pequeño le decía que él era mucho más, que él era especial, alguien muy especial. Siempre lo había sido.
viernes, diciembre 21, 2007
El rechazo que sentía Vicente hacia la efímera solidez de la vida que su padre le obligaba a vivir, le hacía desear una vida como músico, alejado de los estudios en derecho que no parecían servirle para nada. Su verdadero canto era él mismo. Escondido dentro de su yo más profundo, tenía toda una colección de buenas ideas que rodeaba de una triple muralla, protegiéndolas con los celos más posesivos, como niño al que están robando los juguetes. De él salían sólo las ideas en las que no encontraba más interés. Regalaba al mundo aquello que él ya no quería ni deseaba.
Las palabras pueden herir y por eso son una herramienta de poder. En su casa las palabras eran pocas, pero claras. Su padre confundía el rigor de su carrera militar con la autoridad que ejercía sobre ellos y sus palabras lo manifestaban así. Lo suyo eran gritos imperativos, golpes sobre la mesa, miradas hieráticas de ojos cáusticos y siderales que no permitían a Vicente hacerse un hueco en el mundo de la claridad y del respeto por la vida. Las palabras eran la base sobre las que se cimentaba el duro conflicto de caracteres y obligaba a Vicente a buscar su camino en el mundo de las sombras y, cuanto más se adentraba en esa dirección, su padre más lo rechazaba, confirmando la necesidad de soltar el lastre y andar de una vez por todas por la ladera de la rabia contra el mundo.
- Eso no se dice, eso no se hace… Y si lo hago ¿qué?
Las palabras pueden herir y por eso son una herramienta de poder. En su casa las palabras eran pocas, pero claras. Su padre confundía el rigor de su carrera militar con la autoridad que ejercía sobre ellos y sus palabras lo manifestaban así. Lo suyo eran gritos imperativos, golpes sobre la mesa, miradas hieráticas de ojos cáusticos y siderales que no permitían a Vicente hacerse un hueco en el mundo de la claridad y del respeto por la vida. Las palabras eran la base sobre las que se cimentaba el duro conflicto de caracteres y obligaba a Vicente a buscar su camino en el mundo de las sombras y, cuanto más se adentraba en esa dirección, su padre más lo rechazaba, confirmando la necesidad de soltar el lastre y andar de una vez por todas por la ladera de la rabia contra el mundo.
- Eso no se dice, eso no se hace… Y si lo hago ¿qué?
La tensión que se respiraba en el aire de casa de sus padres, había hecho cercos cada vez más pequeños a su alrededor, y parecía tener toda la intención de estallarle en la cara. Cuando sucedía, lo mejor era alejarse. La realidad se repetía fiel al mismo patrón. Empezaba con la indiferencia y acababa en un estallido de violencia. Era asquerosamente previsible. Vicente lo percibía sintiendo un peso que le presionaba el pecho y lo ahogaba. Sabía que su padre intuía su debilidad, sus ganas de desmontar los patrones en los que había sido criado y por eso le despreciaba. Los padres odian verse reflejados en sus hijos. Esa era la única arma con la que Vicente se vengaba de él. Había aprendido a huir de la habitación en la que se encerraba de pequeño, perseguido por su padre sobre unos zuecos de madera que resonaban a pánico por el pasillo. Lentamente, había descubierto que cogiendo el camino blanco que llevaba a la heroína, el ruido de esos gruesos zuecos dejaban de pisarle fuerte en las sienes.
domingo, septiembre 02, 2007
Aquella pausa le echó en la cara el vacío infinito de la soledad de María, imposible de compartir, en el que nadie podía entrar. Esa soledad que es debilidad y fuerza al mismo tiempo.
En ese momento observó que una lágrima bajaba por la mejilla de María. La siguió hasta que se quedó colgada de la barbilla, recorriendo la hebra invisible y brillante que se había formado sobre el rostro de ella. Los pensamientos de Vicente encontraron un orden. La compasión deshizo el pánico que agarrotaba su voluntad. La fragilidad manifiesta de María le hizo sentirse fuerte, útil y generoso. De repente se descubrió enamorado. Capturó con un dedo esa lágrima, la hizo desaparecer en la palma de la mano y empezó a acariciarla suavemente pero con firmeza.
El rimel se deshacía alrededor de los ojos.
Ella le miró fijamente, iris con iris, alma con alma.
Se había quedado sin defensas ni barreras. Por primera vez abrió la puerta a la fragilidad en la que Vicente encontró cobijo. En ese mismo instante de sinceridad profunda y dolorosa, Vicente se convenció de haberse enamorado sin condiciones y para siempre.
Estuvieron a punto de enredarse en las profundidades de un jadeo robado a los besos, intentando eliminar, aunque sólo fuera por un momento, la sensación de vacío existencial. No lo hicieron. Pero no podían escaparse a lo que se estaba plasmando. Lo único que consiguieron fue alimentar el deseo de otro encuentro.
Enredados y rodeados por el zumbido de la nevera ya nada podían añadir.
- Creo que es hora de que me vaya. Se me ha hecho tarde.
- Lástima.
- Nos vemos mañana en la biblioteca. ¿Vale?
- Vale.
Abrió la puerta para dejarle salir y cuando pasó a su lado, María se cogió al torso de Vicente y lo abrazó con fuerza. No era un abrazo de debilidad. Sus cuerpos se apretaron con intensidad. Un destello brillante apareció en sus ojos y de repente empezaron a reírse.
Vicente salió de esa casa con una felicidad llena de tristeza.
En ese momento observó que una lágrima bajaba por la mejilla de María. La siguió hasta que se quedó colgada de la barbilla, recorriendo la hebra invisible y brillante que se había formado sobre el rostro de ella. Los pensamientos de Vicente encontraron un orden. La compasión deshizo el pánico que agarrotaba su voluntad. La fragilidad manifiesta de María le hizo sentirse fuerte, útil y generoso. De repente se descubrió enamorado. Capturó con un dedo esa lágrima, la hizo desaparecer en la palma de la mano y empezó a acariciarla suavemente pero con firmeza.
El rimel se deshacía alrededor de los ojos.
Ella le miró fijamente, iris con iris, alma con alma.
Se había quedado sin defensas ni barreras. Por primera vez abrió la puerta a la fragilidad en la que Vicente encontró cobijo. En ese mismo instante de sinceridad profunda y dolorosa, Vicente se convenció de haberse enamorado sin condiciones y para siempre.
Estuvieron a punto de enredarse en las profundidades de un jadeo robado a los besos, intentando eliminar, aunque sólo fuera por un momento, la sensación de vacío existencial. No lo hicieron. Pero no podían escaparse a lo que se estaba plasmando. Lo único que consiguieron fue alimentar el deseo de otro encuentro.
Enredados y rodeados por el zumbido de la nevera ya nada podían añadir.
- Creo que es hora de que me vaya. Se me ha hecho tarde.
- Lástima.
- Nos vemos mañana en la biblioteca. ¿Vale?
- Vale.
Abrió la puerta para dejarle salir y cuando pasó a su lado, María se cogió al torso de Vicente y lo abrazó con fuerza. No era un abrazo de debilidad. Sus cuerpos se apretaron con intensidad. Un destello brillante apareció en sus ojos y de repente empezaron a reírse.
Vicente salió de esa casa con una felicidad llena de tristeza.
viernes, agosto 31, 2007
El rechazo de su cuerpo duró demasiados años. Y eso dejó una marca indeleble. Hubiera querido ser bailarina, y poco importaba que intentara recuperar el tiempo perdido tomando todas las clases de danza que encontraba, dentro de sí sentía que el sueño de su infancia, de su adolescencia y de su juventud, se hacía irrealizable.
- He desperdiciado demasiadas ocasiones.
- Si quieres, aún puedes hacerlo.
- ¡No! – respondió de forma tajante, como quien sabe que lo ha intentado todo.
Todavía estaba hablando, cuando se llevó una mano a cubrirse los ojos. Vicente se sintió ahogado. Titubeante, movió una mano en el aire de manera confusa, sin saber a dónde dirigirla para no ser demasiado atrevido ni demasiado amistoso. Revoloteó un par de veces antes de caer en la silla.
- He desperdiciado demasiadas ocasiones.
- Si quieres, aún puedes hacerlo.
- ¡No! – respondió de forma tajante, como quien sabe que lo ha intentado todo.
Todavía estaba hablando, cuando se llevó una mano a cubrirse los ojos. Vicente se sintió ahogado. Titubeante, movió una mano en el aire de manera confusa, sin saber a dónde dirigirla para no ser demasiado atrevido ni demasiado amistoso. Revoloteó un par de veces antes de caer en la silla.
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